Historia personal
Nadie me dijo que el problema no era mi edad. Era la tortilla que comía tres veces al día.
Por María Agüero
Capítulo uno · Lo que parecía normal
Tenía cuarenta y tres años y ya me había resignado a sentirme cansada después de cada comida. Comía, y a los veinte minutos el abdomen se me hinchaba como si hubiera tragado aire. Me dolían las rodillas al bajar las escaleras. Dormía ocho horas y me despertaba como si hubiera dormido cuatro.
Se lo conté a mi doctora en un chequeo de rutina y me dijo lo que probablemente te han dicho a ti: "son los años, María, hay que aprender a vivir con eso". Le creí. ¿Por qué no le iba a creer?
Capítulo dos · El día que dejé de creerle a la etiqueta
Todo cambió el día que mi sobrina, que estudia nutrición, vino a comer a mi casa. Le serví las mismas tortillas "integrales" de siempre, del paquete que decía "trigo entero" y "fuente de fibra" en letras grandes. Ella volteó el paquete y me leyó los ingredientes en voz alta.
Harina de trigo refinada. En primer lugar de la lista. El "integral" era una hoja de papel encima.
"Tía, no es que tu cuerpo esté fallando. Es que le estás dando gasolina mala tres veces al día."
Esa frase se me quedó grabada más que cualquier consejo médico que había recibido en años.
Capítulo tres · Lo que probé, y lo que no funcionó
No iba a dejar de comer tortilla. Soy mexicana, eso no estaba en discusión. Así que empecé a probar. Compré harinas "sin gluten" del supermercado que sabían a cartón mojado. Hice pan que se desmoronaba antes de untarle la mantequilla. Tiré más masa a la basura de la que llegué a comer.
Pasaron cerca de cuatro meses de ensayo, error y cocina tirada, hasta que encontré la combinación que no solo se sostenía en la mano, sino que sabía a lo que yo recordaba de niña.
Hoy, año y medio después, ya no cargo esa pesadez después de comer. Bajo las escaleras sin pensar en mis rodillas. Y sigo comiendo tortilla, pan y hasta chile relleno, todos los días, con recetas que ajusté yo misma en mi cocina hasta que quedaron bien.
No cambié de vida. Cambié la harina.
— María
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Las recetas de las que hablo
Estas son las que ajusté primero, las que hoy preparo sin pensar dos veces y las que más comparto cuando alguien me pregunta por dónde empezar.
Se doblan sin romperse, aguantan el relleno de un taco de guisado y no dejan esa pesadez después de comer.
Húmedo por dentro, sin la harina de trigo que normalmente lo acompaña. El que más piden mis nietos.
La misma receta de siempre, cambiando el capeado de harina por una costra ligera que no inflama.
Tres ingredientes, cero harina refinada, y el mismo antojo de galleta que comprarías en el súper.
No. Yo nunca tuve ese diagnóstico. Lo que noté fue que la inflamación bajaba al cambiar el tipo de harina, con o sin diagnóstico de por medio.
No. Todo lo que uso se consigue en el mercado o supermercado de mi colonia. Si no lo encuentro cerca de mi casa en Guadalajara, no lo pongo en una receta.
La hinchazón bajó en cuestión de días. Lo de las rodillas y la energía me tomó unas semanas más de constancia.
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Esta es una historia personal, no un estudio clínico. El contenido de este sitio es informativo y no sustituye el consejo de un profesional de la salud. Si tienes una condición médica diagnosticada, consulta a tu médico antes de modificar tu alimentación.